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La neuroquímica de la felicidad

Entérate cómo se hace el medicamento estrella contra la depresión.

Alrededor de 60 millones de personas en 100 países del mundo han sido tratadas con Prozac.

¿Cómo es que la ciencia dio con un medicamento capaz de vencer la depresión? Cuenta, Sylvia Wrobel, la autora de "Science, serotonin, and sadness: the biology of antidepressants", que en la historia de la farmacología los medicamentos para las enfermedades mentales no fueron una prioridad hasta 1952, cuando dos grupos franceses –uno que buscaba un agente contra la malaria y otro que buscaba un antihistamínico–, convergieron y hallaron una sustancia que no sólo disminuía los efectos de la histamina, sino que producía efectos sedantes y beneficiaba a los pacientes con Parkinson. A un médico se le ocurrió usar el compuesto en la anestesia para reducir el riesgo de shock circulatorio, y con base en sus efectos relajantes, convenció a sus colegas del hospital de darlo a los pacientes psiquiátricos. Aunque no se sabía cómo funcionaba, miles de pacientes esquizofrénicos reaccionaron bien al Thorazine después de años de estar ausentes o alucinando, y fueron dados de alta.

Muy poco tiempo después se halló que los pacientes tuberculosos que eran tratados con iproniazida, además de curarse mejoraban muchísimo de humor, así que la usaron en pacientes psiquiátricos exitosamente. En 1957 se llamó a esta sustancia y otras similares inhibidores de la Monoamino oxidasa, es decir, enzimas que destruyen las monoaminas, entre ellas, la norepinefrina y la serotonina. Lo malo fue que el medicamento causó ictericia a algunos pacientes, y se sacó del mercado.

La revolución de la felicidad

En 1961, el bioquímico Julius Axelrod hizo un gran descubrimiento que le acreditaría el Premio Nobel de Medicina en 1970: se dio cuenta de que en la sinapsis, cuando una neurona libera un neurotransmisor y la siguiente neurona no lo absorbe, el neurotransmisor no se destruye, sino que es reabsorbido por la primera para utilizarlo posteriormente. A este proceso lo llamó recaptura. Con este descubrimiento, los científicos entendieron cómo funcionaban los medicamentos en relación a los neurotransmisores que afectaban el estado de ánimo: los inhibidores de la Monoamino oxidasa impedían la destrucción enzimática de múltiples neurotransmisores, mientras que los tricíclicos interferían su recaptura.

Y de manera paralela se encontró que los pacientes deprimidos que intentaban o conseguían suicidarse, tenían bajos niveles de serotonina. Ambos hallazgos fueron fundamentales para  la revolución que vendría en el tratamiento de la depresión.

Nace Prozac
En el laboratorio Lilly, el farmacólogo Ray Fuller  trataba de convencer al químico Bryan Molloy  de dirigir su atención a los antidepresivos. Molloy se enfocó en un viejo antihistamínico y creó una serie de análogos que el bioquímico David Wong, hasta entonces concentrado en antibióticos y fascinado por la relación entre la serotonina y el estado de ánimo, probó uno por uno.

Wong aplicó una técnica de centrifugado a los más de 250 compuestos desarrollados por Molloy, y en el verano de 1972 encontró uno capaz de inhibir la recaptura de serotonina, sin afectar la histamina ni la acetilcolina, es decir, sin los efectos secundarios.
 
Este descubrimiento, al que solo  se dio valor académico, se anunció en 1974. Un año después la sustancia fue nombrada fluoxetina, pero tardaron todavía 13 años más para demostrar que podía funcionar para tratar la depresión severa en los humanos y conseguir la aprobación para su lanzamiento. Y fue así como Prozac se volvió la estrella contra la depresión.
 

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