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¿Cirugía contra la bulimia?

¿Es el quirófano una posibilidad para curar el trastorno alimenticio? te lo respondemos

Detrás de una imagen en el espejo que no corresponde a la realidad, se esconden historias

La pregunta le taladraba la cabeza: ¿Realmente estoy gorda? Años más tarde, la metáfora de un taladro introduciéndose en su cerebro se transformó en realidad para devolverle la vida. Literalmente.

Laura —quien solicita proteger su identidad— tenía entonces 17 años, pesaba 65 kilos y medía 1 metro con 60 centímetros. Y aunque su Índice de Masa Corporal (IMC), equivalente a 25.4, indicaba sobrepeso, con apenas dos kilos menos, su peso hubiera sido considerado normal por un especialista, basado en valores de la Organización Mundial de la Salud, que le da esa clasificación si se encuentra entre 18.5 y 24.99 de IMC en adultos de hasta 60 años.

Sin embargo, lo único que Laura escuchaba entonces eran las constantes comparaciones familiares con sus tres hermanas mayores, más delgadas que ella. En la misma época, mientras cursaba la preparatoria, un profesor la invitó a practicar atletismo bajo la advertencia de que tendría que adelgazar porque estaba “pasada de peso”. Hizo de ella un reto personal y bajo su tutela Laura llevó a cabo prácticas deportivas que en realidad no le gustaban, pero que le resultaron ideales para llegar a la meta: bajar y bajar de peso.

La manera más rápida que encontró para contribuir a ello fue ingerir laxantes y vomitar después de darse atracones de comida. “Todo el mundo me decía: ‘¡qué delgada estás!’ Pero yo me seguía sintiendo gorda”.

No pasó demasiado tiempo para que el exceso moviera la báscula en sentido inverso. Su peso corporal alcanzó un registro perturbador: 34 kilos. Treinta y uno menos de aquellos 65 que tenía cuando su apariencia física comenzó a preocuparle.

Laura dejó de vestir ropa de tallas para jóvenes de su edad y comenzó a usar talla 10 para niña. Nunca era suficiente. Buscaba adelgazar más y más. Tomaba toda clase de yerbas que le recomendaban, entre ellas el llamado “hueso o codo de fraile”, que provoca intensa diarrea y vómito, por lo que si se consume de forma desmedida puede llevar a la muerte.

Entrenaba hasta el agotamiento durante largas jornadas. A lo largo del día, si acaso consumía galletas. Al llegar a casa comía y, de inmediato, “la culpa” por haber ingerido alimentos la obligaba a encerrarse en el baño para vomitar. Al salir, volvía a hacer ejercicio de manera extenuante.

El drástico cambio en su físico provocó que una de sus hermanas la persuadiera de acudir a consulta médica. El diagnóstico fue rotundo: anorexia y bulimia, trastornos alimenticios de carácter obsesivo-compulsivo, que llevan al paciente a tener una visión distorsionada de su propia imagen (dismorfobia), lo que provoca impulsos para dejar de comer o vomitar cualquier alimento que se ingiere.

Comenzó entonces la búsqueda de un despertar para la pesadilla de Laura. Pasó ocho años entrando y saliendo de hospitales, entre ellos el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, donde ingresó por el colapso de uno de sus pulmones, y también el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, donde —junto con otras jóvenes que presentaban la misma condición— logró burlar la vigilancia familiar y médica para conseguir y tomar laxantes. A menudo le recetaban medicamentos para dormir que nunca tuvieron un efecto positivo. En el trayecto sumó cinco intentos de suicidio.

Justo cuando parecía que ya nada podría hacer despertar a Laura, su madre tuvo conocimiento de un posible milagro para rescatarla, después de tantos esfuerzos fallidos: una cirugía en el cerebro. Había ayudado a cambiar la vida de tres jóvenes que experimentaban el mismo trastorno. Resurgió una esperanza de sosiego para ella y su familia.

Ciencia para un milagro

La neurocirugía funcional para abatir la anorexia nerviosa y la bulimia empezó a realizarse en México, en el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), a partir de 2004. Dirigida por un grupo de especialistas encabezado por el neurocirujano mexicano Manuel Hernández Salazar, jefe de la División de Neurociencias, esta operación le dio una nueva oportunidad de vida a Laura, quien fue intervenida el 4 de julio de 2006.

Como Laura, otras 11 mujeres se han sometido a la operación cerebral en este centro médico. La cirugía se realiza mediante un aparato llamado estereotáctico, que permite localizar exactamente la zona que está ocasionando la perturbación obsesivo-compulsiva, dentro de la cavidad craneana.

Para evitar errores, antes de realizar la intervención real, en cada caso se hace una operación virtual en tercera dimensión, explica el doctor Hernández Salazar. Pocos hospitales en México cuentan con esta tecnología de vanguardia, y ninguno tiene las nueve aplicaciones plenas de la cirugía estereotáctica que tiene el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre”, asegura el especialista en procedimientos de mínima invasión.

De acuerdo con los síntomas de cada paciente, el neurocirujano escoge el circuito de neuronas dañadas y, por medio de un generador de radiofrecuencia que genera calor, efectúa una termoablación o destrucción por medio de calor, sin afectar el resto de las neuronas que se encuentran en buen estado.

Para llevar a cabo la novedosa operación en México —antes ya se había realizado en países como Inglaterra y Chile—, se creó un protocolo de investigación, ya que todavía se encuentra en lo que se denomina fase experimental en el campo médico; es decir, aún no se le considera un procedimiento estándar, aquel que ya cuenta con altos niveles de evidencia que respaldan su efectividad.

Hasta ahora todas las operaciones realizadas por el doctor Hernández Salazar han resultado exitosas, con las particularidades de cada caso, como el de Laura, quien hoy, a sus 36 años, y envuelta en su pelo ensortijado, recuerda lo mejor de su despertar de la pesadilla, justo el momento en el que abrió los ojos en el cuarto de hospital, luego de la operación quirúrgica: “Tenía hambre y ya no experimentaba esa terrible angustia de que si comía engordaría”.

Una vez que salió del hospital, en poco tiempo subió 20 kilogramos de peso. Actualmente ya pesa 64 kilos, 30 más de aquellos riesgosos 34 para su salud antes de ser intervenida. Está casada y es madre de una niña de cuatro años de edad. Continúa laborando en la Escuela Superior de Educación Física. Se dice feliz, sobre todo porque ya no le preocupa “estar gorda o flaca”.

Tratamiento humanitario

A pesar de que aún se desconocen algunos mecanismos de posibles respuestas en cada paciente, en 2004 la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) autorizó la estimulación cerebral profunda de la cápsula interna cerebral como recurso humanitario, en casos de trastorno obsesivo-compulsivo resistente, donde se ubican la bulimia y la anorexia.

Este procedimiento quirúrgico cerebral se gestó como alternativa de tratamiento a desórdenes psiquiátricos crónicos que no responden a medicamentos ni tratamiento de terapia psicológica o electroconvulsiva, y donde el riesgo de muerte es elevado.

El psiquiatra Oscar Meneses, adscrito al Departamento de Psicología del Centro Médico Nacional 20 de Noviembre, aclara que para que un paciente tenga acceso a una intervención de este tipo, es necesario, además de ser derechohabiente del ISSSTE, ser un paciente calificado por un comité de evaluación integrado por un grupo interdisciplinario de expertos en neurología, fisiología, psicología, neuropsicología y psiquiatría.

La valoración es individual y calificada según la intensidad en que se presentan los síntomas del trastorno, añade Lucía Ledesma Torres, neuropsicóloga clínica y miembro del equipo médico interdisciplinario.

Se valora que la enfermedad sea crónica e incapacitante, que cause sufrimiento, deterioro funcional, familiar, social y laboral”.

Se realiza una valoración neurofisiológica, se practica un electroencefalograma o mapeo cerebral, diversas pruebas de laboratorio y neuroimagen con resonancia magnética funcional, así como test psiquiátricos y psicológicos. Además se realizan valoraciones médicas relevantes, como posibles problemas de tiroides, esofagitis, gastritis, caries dentales, colitis, osteopenia y osteoporosis, incluso atrofia cerebral a causa de la prolongada falta de alimento. También se hacen estudios neuropsicológicos para determinar la predominancia de síntomas severos de agresividad, ansiedad o depresión, entre otros trastornos y sus variables de personalidad.

Al igual que Laura, todas las pacientes operadas hasta este momento han recibido anestesia general para someterse a una intervención quirúrgica que puede tener hasta dos horas de duración, que se suman a las dos horas previas, en promedio, que requiere la planeación milimétrica con ayuda de equipo de cómputo.

Luego de tres días, cada paciente abandona el hospital tras una revisión postoperatoria que abarca todos los aspectos mencionados, a los que el equipo multidisciplinario da seguimiento puntual y programado como parte de la vigilancia médica posterior. Si es necesario, se realiza la misma neurocirugía por segunda ocasión.

De acuerdo con el neurólogo Hernández Salazar las primeras pacientes fueron operadas dos veces, con diferencia de tres meses, porque algunas mostraban reincidencia, y otras, agresividad, como en el caso de Laura, que se volvió violenta contra su esposo, a quien rasguñaba y golpeaba sin motivo. Esto desapareció tras la segunda operación.

Gracias al seguimiento psiquiátrico, psicológico y con imágenes de resonancia magnética funcional, la técnica se ha ido perfeccionando, señala Hernández, que además es miembro del comité editorial de la Revista Mexicana de Neurociencia. “Ahora el blanco es un poco más profundo y el diámetro del orificio que se hace en el cráneo es más pequeño”. Con esto se ha visto que los problemas de falta de memoria, que generalmente se presentan después de la operación, de forma temporal, son menores. También puede haber otros efectos indeseables, como alergias, infecciones o algún sangrado escaso, característicos de cualquier cirugía.

Cerrar la puerta a la muerte

Aún falta tiempo para determinar los alcances de esta neurocirugía, pero hasta hoy los resultados son satisfactorios. Prueba de ello es el caso de Sandra —quien también pide proteger su identidad—, la primera mujer con trastorno de la conducta alimentaria que fue operada por el doctor Hernández Salazar, en 2004. Tenía 22 años. Llegó al hospital en estado terminal y con un peso de 28 kilos y 1.60 metros de estatura, y un IMC de 10.9, por debajo de lo que la OMS considera no solo delgadez severa sino “infrapeso”.

Con un largo historial de intentos de suicidio y sin ningún tratamiento efectivo para controlar su conducta, había sido desahuciada en varios hospitales psiquiátricos. Su anorexia de tipo restrictivo era grave y acarreaba altos niveles de ansiedad, depresión y trastorno obsesivo-compulsivo. Llegó al Hospital 20 de Noviembre para que se le practicara una gastrostomía y poder alimentarla por medio de una sonda permanente conectada al estómago. Era candidata natural para esta nueva operación.

La sorpresa fue grande para el equipo médico interdisciplinario. Al día siguiente de la operación, Sandra empezó a comer normalmente y al cabo de un tiempo subió casi 20 kilos. A los tres meses sus padres la llevaron de nuevo al hospital, porque volvió a vomitar y a purgarse. Entonces, decidieron operarla por segunda ocasión. Querían intentarlo nuevamente.

Poco a poco, la recuperación fue evidente. Ya no tiene obsesión por adelgazar. Pesa 51 kilos mientras que su altura alcanza 1.54 metros. Su IMC está ubicado dentro del rango considerado como normal: 21.5. Continúa asistiendo a sus terapias de grupo en el centro médico donde fue operada. Tiene un trabajo estable. Resulta difícil imaginar, para quienes la conocen ahora, que de los 10 a los 22 años, cuando fue sometida a la neurocirugía funcional, solamente permaneciera en su casa un lapso de dos semanas, el resto del tiempo vivió internada en hospitales. Actualmente vive en Cuernavaca y estudia filosofía hindú.

Laura, Sandra y otras 16 mujeres que ya han sido operadas —seis de ellas en hospital privado, bajo el cuidado del doctor Hernández Salazar—, mejoraron sus hábitos alimenticios. Desapareció en ellas la dismorfobia; además, disminuyeron o eliminaron su ansiedad y el consumo de medicamentos. No solo ganaron peso. La ciencia médica les brindó una segunda oportunidad.

Camino de esperanzas

En el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre  se empezó a usar la técnica de neurocirugía funcional estereotáctica en 1994, en un paciente con un tumor en la glándula pineal. Cuatro años después se comenzaron a realizar radiocirugías sin bisturí, y a partir del año 2000, por medio de neuroestimulación (con un chip en el cerebro), se operan pacientes con Parkinson, epilepsia, depresión, Alzheimer, algunos trastornos psiquiátricos y contra dolor crónico. Desde 2008 hacen neurorrestauración con células madre en casos de infarto cerebral agudo. Ahora estudian la obesidad mórbida y su mejoría mediante la estimulación cerebral profunda. La primera paciente fue operada en 2012.  Además, exploran una vertiente para el trastorno de pánico.

 

Trastornos  mentales

Se conocen como TAC (Trastornos de la Conducta Alimentaria) a males como la bulimia o la anorexia nerviosa. Para el doctor Ignacio Jáuregui, director del Instituto de Ciencias de la Conducta de Sevilla, son resultado de un malestar mental y de una cultura donde los estándares de delgadez extrema son sinónimo de éxito, aceptación y logro.

Bulimia

Es la ingesta excesiva de alimentos, la cual es seguida de vómito –para compensar la “aberrante” conducta– y sentimiento de culpa, que precede a largos periodos de ayuno y otras conductas para perder peso.

Anorexia

Total restricción alimentaria de forma voluntaria. Se come lo me­nos posible y de forma excesivamente controlada. Hay rutinas extenuantes de ejercicio, ingesta de laxantes y vómito; temor mórbido a subir de peso, distorsión de la imagen corporal y amenorrea.

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