Es difícil en el campo científico hablar de amor sin mencionar de cerca la hormona que parece regular todo tipo de relación afectiva: sobre la oxitocina, en los últimos 10-15 años, se ha escrito mucho (a menudo con excesivo énfasis). El mensajero químico esencial para iniciar el trabajo de parto y estimular la producción de leche en las nuevas madres, se ha ganado el epíteto de «molécula moral» porque se describe como un remedio para todas las aparentes dificultades relacionales.

Poción mágica

En 2005, en un artículo publicado en Nature, el neuroeconomista Paul Zak afirmó que un aerosol nasal de oxitocina lo haría más propenso a confiar en otros en una tarea de compartir dinero. Otros estudios han asociado el mismo spray con una mayor disposición a confiar en extraños, y una mejora en la teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender las intenciones y pensamientos de los demás, en parte comprometida en algunas condiciones, como en el caso de los trastornos del espectro autista.

Otras investigaciones han asociado una dosis extra de oxitocina con una mayor propensión a confiar secretos comprometedores a la vigilancia de otros, a una empatía más profunda y por lo tanto, en última instancia, a la… felicidad. Y no hace falta usar un spray: basta con abrazar varias veces a quien amamos para poner en circulación la hormona que parece desatar todos los nudos de las relaciones humanas.

En un estudio publicado en Nature Communications el 8 de febrero de 2019, un puñado de días antes de San Valentín, restaura la complejidad de esta molécula producida naturalmente por el cuerpo humano, y muestra cómo hasta ahora ha sido víctima de una narrativa algo restrictiva. Daniel Quintana, que se ocupa de la base biológica de la psiquiatría en la Universidad de Oslo (Noruega), ha hecho un mapa de los receptores de oxitocina en el cerebro y ha descubierto que la hormona es activa en las regiones cerebrales implicadas en la regulación del apetito, la experiencia de recompensa, la anticipación y las relaciones sociales.

A partir de los resultados, obtenidos mediante la superposición de un mapa que localiza los receptores de la hormona, con otra base de datos que asocia a las distintas áreas un estado psicológico o comportamiento diferente, parecería que la oxitocina tiene un papel en la regulación de la homeostasis (equilibrio) del organismo, y que también tiene un papel -todavía no del todo claro- en las relaciones. Según Quintana, la hormona dirige nuestro enfoque en las interacciones sociales, sin necesariamente controlar las emociones dentro de ellas.

Cuidado, desconexión o interés desviado

Sólo en el concepto de «interés por el otro» convergen algunos estudios interesantes sobre animales.

Al bloquear la acción de la oxitocina en el cerebro del topillo de la pradera (Microtus ochrogaster), un roedor conocido por su comportamiento monógamo, éste pierde completamente el interés en su pareja. Al mismo tiempo, si se administra oxitocina a las hembras vírgenes de ratas, éstas comienzan a actuar como madres, recogiendo a los cachorros en las cercanías y preparando madrigueras para cuidarlos.

Otros estudios con menos ecos de prensa asocian la administración de oxitocina con la aparición de sentimientos de envidia, el placer resultante de la desgracia ajena y otras manifestaciones un poco menos nobles que las normalmente asociadas a la hormona moral. Por no mencionar que incluso en este campo de estudio, como en otros en psicología, ha habido dificultades para replicar los resultados, así como una especie de «bloqueo» en las publicaciones: durante mucho tiempo se han publicado más a menudo obras que confirmaban la reputación positiva de esta hormona, mientras que los «minoritarios» se quedaron en un rincón.

Afortunadamente, la realidad contada por los datos científicos es menos trivial que lo que se ha dicho hasta ahora: nuevos estudios profundizarán el papel de la oxitocina y nos darán información más veraz.

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